¡Mi salón de clases!

Que es lo que encontraba en mi salón de clases, de todo. Estaba el duro para el fútbol, ese amigo que se gambeteaba a todos y que tiraba caños increíbles, pero que en los exámenes era un desastre; El típico grupo de niños bully, que se la montaban a cualquiera y por cualquier cosa; la bonita del grupo, que normalmente estaba fuera del alcance de todos los chicos; el callado, el copión, el metalero, o más bien los metaleros, que pese a la reputación que se les tenía sólo causaban terror en las fotos; también el que (aunque no sabemos cómo) pasaba todos los años sin haber estudiado un solo día, el alto, el pequeño, el gordo el flaco, y cómo olvidar al “sabe-lo-todo” del curso, que era el que mejor caía.


Cada uno de nosotros ha vivido este tiempo de manera diferente, y ha mirado a los demás de manera distinta, pero hoy todos sentimos lo mismo, lo sentimos de diversas maneras, pero el orgullo, la alegría, la tristeza y la nostalgia se reflejan en nuestra mirada, mientras nos sentamos y miramos a nuestro alrededor preguntándonos: ¿Qué haré cuando no tenga a estos locos junto a mí todos los días? Todos hacemos parte de una gran familia, algo que trasciende el simple compañerismo y que se ha convertido en una relación de comprensión, afecto y apoyo, y que mejor manera de terminar once años de preparación junto a los que te sacan la piedra, te hacen reír y se han vuelto parte importante en nuestro mundo.

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