Que es lo que encontraba en mi
salón de clases, de todo. Estaba el duro para el fútbol, ese amigo que se
gambeteaba a todos y que tiraba caños increíbles, pero que en los exámenes era
un desastre; El típico grupo de niños bully, que se la montaban a cualquiera y
por cualquier cosa; la bonita del grupo, que normalmente estaba fuera del
alcance de todos los chicos; el callado, el copión, el metalero, o más bien los
metaleros, que pese a la reputación que se les tenía sólo causaban terror en
las fotos; también el que (aunque no sabemos cómo) pasaba todos los años sin
haber estudiado un solo día, el alto, el pequeño, el gordo el flaco, y cómo
olvidar al “sabe-lo-todo” del curso, que era el que mejor caía.
Cada uno de nosotros ha vivido
este tiempo de manera diferente, y ha mirado a los demás de manera distinta,
pero hoy todos sentimos lo mismo, lo sentimos de diversas maneras, pero el
orgullo, la alegría, la tristeza y la nostalgia se reflejan en nuestra mirada,
mientras nos sentamos y miramos a nuestro alrededor preguntándonos: ¿Qué haré
cuando no tenga a estos locos junto a mí todos los días? Todos hacemos parte de
una gran familia, algo que trasciende el simple compañerismo y que se ha
convertido en una relación de comprensión, afecto y apoyo, y que mejor manera
de terminar once años de preparación junto a los que te sacan la piedra, te
hacen reír y se han vuelto parte importante en nuestro mundo.


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