Llegaría tercero, luego cuarto y
quinto, cada año me sentía más cómodo y sabía que tenía más amigos junto a mí,
quienes al igual que yo sentían nervios por conocer a la nueva maestra y a los
nuevos, porque siempre ha habido un “nuevo” en el grupo, esa persona aislada al
comienzo, callada, tímida pero a la vez intimidante, y obvio no falta el
siempre atrevido que se anima a pasar el primer día con el nuevo. Durante estos
tres años siguientes nos empezábamos a sentir mayores, éramos los más grandes
de la primaria, pasábamos de cuarto a quinto, todos lucían como unos
principiantes y nosotros llegábamos al día del grado sonrientes, después de
haber luchado durante esos
cinco años, de haber batallado durante las elecciones del personerito,
ayudándole con ideas, los afiches, las propuestas y convenciendo a todos los
estudiantes justo en el momento de votación. Nuestros padres estaban junto a
nosotros alegres porque el diploma estaba en nuestras manos, pero sabíamos que
en un par de meses iba a llegar algo totalmente diferente, nuevos maestros y
materias distintas: El bachillerato.
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